BIENVENIDOS A MI BLOG, ¡ESPERO QUE LO DISFRUTEN! – NATI 🙂


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Para leer de corrido

  • Raúl

    Raúl

    Su presencia dejó de perturbarme cuando lo imaginé gato. Es maravilloso; un simple cambio de perspectiva y el mundo pega un brinco: Este y Oeste se convierten en polos, las olas se chocan confundidas bajo un sol de plata, que es también planeta y luna, y a nadie le importa un orégano, porque la mujer sufrida es ahora dueña y señora (y eso, damas y caballeros, es un jodido milagro). Sobre el sacrilegio de su desnudez borracha en el sillón de lino de Madre, declaro el pecado purificado por un manto de inocencia, tan blanco e impoluto que la tapicería original, a su lado, bien podría ser de arpillera.

    Eso sí, el cambio brusco me forzó a defenderlo hasta de sus propios amigos:

    ― ¡Pero claro que se lengüetea los dedos en la mesa! ¿Qué pretenden del pobre animal? ¿Que aprenda a usar los palitos de sushi?

    No sin algo de recelo me acabo de reconocer, tras veinticinco años de odio visceral, sonriendo cual espectro en el reflejo de la ventana. Y es que me desarma hasta el alma la ternura de sus siestas felinas. Mi querido Raúl (le mantengo el nombre porque no responde a ningún otro, a menos que abra una latita de atún) ronronea ronquidos bestiales bajo la luz del atardecer, que le clarea los pelitos de las piernas y la espalda. Piadosa, cobijo a mi ángel en su frazadita de lana y allí lo dejo descansar a sus anchas, pues me urge ponerme los ruleros. A ustedes, a cambio de que le echen un ojo, les ofrezco un consejo de amiga: procuren no tratarme de tonta o de loca. La gente que lo hace, a la larga demuestra ser ambas cosas.

    Y ahora los dejo (no se me vaya a colar una pulguita de culpa), que esta noche tengo cita con un hombre de verdad.

    NATALIA DOÑATE

  • Tejiendo redes

    Tejiendo redes

    Quise ser productiva y terminé producto en una vitrina opaca en una calle de mala muerte. La casa está infestada de moscas; lo sé por Juanito. El día en que me fui, olvidé cerrar la puerta y él aún no alcanzaba la traba. Ahora que lo hace —y también el teléfono de la cocina— se niega fumigarlas, pues conservan en sus alas las partituras de cientos de canciones de cuna.

    —Dame un minuto —le dije hace diez años.

    Y sus ojos color miel se negaron a seguirme.

    —Las fotografías te roban el alma —murmuró con inusitada dicción.

    Entonces comprendí, no sin cierta desazón, que ya era tarde.

    Para Jorge, que ya soportó demasiada poesía 😄

    NATALIA DOÑATE

  • Amor entre sombras

    Amor entre sombras

    Encendí la chimenea, tres velas a medio consumir y me recosté en el suelo a mirar el cielorraso (porque nunca lo había hecho antes, porque su belleza es tan digna como la de un campo cubierto de rocío). Los huesos se acoplaron sin prisa a las directrices de las baldosas, mientras los pies abrían una disyuntiva. Mi mente, agradecida, descendió a las tinieblas de la tierra, a la sabiduría del gusano. Pronto descubrí que podía sincronizar el corazón con los latidos de fuego, el aire del interior de mi cuerpo con el de la noche. Una vez inmersa en el todo, aspiré hondo el ladrido de un perro lejano y tosí una risa que sonó a quejido. Acto seguido, aullé con todas mis fuerzas. El perro se rio de mi rebeldía.

    ―Es tuya, te la regalo ―le escribí en el césped. Lo vi partir a las carcajadas, borracho de estrellas y de luna.

    Novedosamente muda y entregada a la caricia de las llamas, esperé como nunca antes lo había hecho: sin saber qué era lo que esperaba. Un anhelo sin objeto y sin interrupciones resulta cruel y debe, por fuerza, derivar en infinito. Si acaso hubo algo, o nada, o un poco de nada que valiera algo, no me di por enterada.

    Bastante tarde (diría siglos), llegaste vos. A los pies de la misma chimenea, que hoy funciona a gas, ocupaste mi lugar. Noche a noche te oigo suspirar por una redención que, ―lo sabés― no va a llegar. Yo te bailo pegadita a la pared, en las vigas del techo, en las oscuras patas de las sillas. Bailo y aguardo con alegría, porque ahora sé, con absoluta certeza, que te espero a vos.

    NATALIA DOÑATE

  • Carne de cañón

    Carne de cañón

    Un martes llegué a casa infestada de tristezas que no eran mías. El origen de la primera no es un gran misterio; se acopló a mi espalda cuando una frenada inesperada me empujó a los brazos del parante del colectivo. Su dueño, apenas una nuca en un mar de semejantes, bajó en esa parada sin mirar atrás. A la segunda, en cambio, la descubrí en la puerta de entrada al momento de limpiarme los zapatos.

    “WELCOME” dice el felpudo.

    Y se ve que la muy pilla se dio por aludida.

    Aunque allí se habría quedado de no ser por Alfie, mi gato tuxedo, que se enroscó sobre ella para su siesta de las seis. Durante dos meses lo tuve suspirando desamor. Lo curé, como corresponde, con dedos de helado, que lamió en sincera penitencia; tan pura y a la vez tan indigna de su especie.

    El dolor que me tocó en suerte, por el contrario, es de naturaleza más compleja. Me preocupa que se vuelva crónico, pues no consigo desenredarlo. Quizás opte por raparme. ¿Será incertidumbre por el futuro? ¿Problemas económicos? ¿Acaso un duelo mal llevado? Es tan esquivo, tan abstracto… pero también incisivo, lo que me hace pensar en un vacío existencial. ¡Ojalá me equivoque! Ya tengo demasiado con el que, solita, traje al mundo. Me aterra tanto ese hueco negro, que con gusto lo rellenaría con mi propio cuerpo, si es que con eso fuera a saciar su hambre.

    Cada mañana maldigo al desconocido que hoy es libre a costa mía. Lo sueño sobrevolando la ciudad sin rumbo, con la brújula de un propósito. O cayendo sin vértigo, existiendo sin culpa, conectándose a la vida sin Wi-Fi. Motivado, sí, pero no por eso, menos pleno. El día en el que el destino nos vuelva a unir, estaré preparada. Lo reconoceré por su andar sosegado y la sonrisa ocular, que no necesita demostrar ni demostrarse felicidad. Medio como al pasar, le pediré ayuda con una dirección:

    ―Disculpe, señor. El presente, ¿es por acá?

    ―Vas bien ―me dirá con autosuficiencia. Aunque de sobra sepa que, para el mortal promedio, el aquí y el ahora no son más que un espejismo. Lo recordará al cabo de unas pocas cuadras, cuando una creciente picazón en el hombro le haga saber que, junto con la palmada de agradecimiento, le endilgué una sorpresita.

    NATALIA DOÑATE

  • La flecha blanca

    La flecha blanca

    Por el muro de piedra se asomaban, indolentes, los árboles del cementerio. Hacia la derecha, un tenue arrullo delataba al mar. Cuerpo y alma caminaban indivisos; carne, pelo, cinco o seis sentidos, algún que otro dolorcillo crónico, ríos subterráneos, veranos superpuestos como capas de papel maché. El sendero de piedra, en apariencia recto, ofrecía alternativas para una vida entera. Pero a él sólo le quedaba media. Desviarse le pareció inoportuno. 

    Aquellos que ya no existen presenciaron el sacrilegio por cuadras y cuadras de impotencia. Un muerto andante. Sus almas, piadosas, coordinaron un grito de advertencia:

    —¡Pero si media vida es muchísimo tiempo! ¡Casi el infinito!

    —Ruido blanco —concluyó el transeúnte—. Olas que rompen en espuma. La TV sin transmisión de la casa del abuelo.

    Dos calaveras desesperadas se arrimaron y chocaron frentes con todas sus fuerzas. Se convirtieron en polvillo sin llegar a emitir un «TOC». Tierra gris para la tierra vieja, desierta de gusanos.

    Pocos metros más adelante, un cartel azul sonreía triunfal.

    «Flecha blanca. Dirección obligatoria».

    El sonámbulo prosiguió su camino sin siquiera verlo. A fin de cuentas, no hay norte más certero que el que señala la propia inercia.

    NATALIA DOÑATE 

  • Yo en la ventana

    Yo en la ventana

    Viajo para ver cómo cae la noche desde una ventana nueva, para probar el lado izquierdo de la cama sin sacrificar la cercanía con la puerta.

    Los autos de ojitos blancos marchan al compás de los semáforos, mientras los cíclopes los sobrepasan rugiendo desprecio. Sonrío al escándalo de la ciudad, a la mugre de sus calles y a las ráfagas de olor a pescado. Una niña que no es mi problema berrea en el pasillo. Benditas sean las sinrazones de las horas, los jabones genéricos, el arte de una fotocopia enmarcada. Pagar hasta para hacerme un café.

    Enciendo la luz y mi jaula de altura y mar me devuelve mi mejor reflejo: el menos fidedigno. Sé que se esfumará cuando escoja un restaurante favorito, o el día en que regrese al hotel esquivando la espuma de las olas. No hay arena en Playa Grande que se equipare con el peso de mi comodidad.

    El golpeteo del teclado, aunque optimista, es sólo el preludio de otra batalla perdida.

    ¡Saludos desde la hermosa Mar del Plata!

    NATALIA DOÑATE

  • Septiembre, el gato

    Septiembre, el gato

    Septiembre fue siempre un gato ajeno, de siete y cuarto a seis. La hora y cuarenta y cinco en la que se me entregaba, con intachable puntualidad, la dedicaba a una devota siesta en mi balcón, bajo una tomatera que sacaba frutos por concepción divina, que vino con el piso y a la que, por ser yo mezquina y sedienta, mezquiné agua y atención. Admito que idéntico trato recibió el felino (aunque musculoso y robusto, y menos necesitado) pues me negué a rebajar nuestra amistad con sobornos de atún o leche.

    Todavía atesoro nuestros silencios junto al olor a cloro de algún verano y las charlas con mi difunta madre. De lunes a lunes, y tras un bostezo digno de tragarse una cebra, la bola naranja se estiraba hasta quedar plana, como un sol de atardecer. Luego se marchaba a su otra vida, y yo me deleitaba en el azul gélido de la melancolía; en el consuelo de un cristal tibio latiendo en las yemas de los dedos.

    Para las ocho lo había olvidado, pero de siete y catorce a siete y quince lo adoraba, como adoro todo aquello que es fugaz. Quizás por eso fue «Septiembre» y no «Marzo», mes en que solía regresar. Cuando los primeros frescos del otoño picaneaban las alas de las aves migratorias y cada «Ñac ñac» de sus uñitas amenazaba con ser el último, mis ojos acopiaban la luz de entre sus pelitos de diente de león. Así sobreviví unos cuantos inviernos sin él.

    «Ñac ñac» crujían los huesos de las hojas bajo mis botas, un miércoles de octubre. Pensé en Septiembre y, sin querer, lo materialicé sobre el capó de un Fiat. Una voz femenina, a mi izquierda, dio por tierra el milagro y transformó el vino en agua de zanja.

    —¡Pantufla! ¿Quién es un gatito comelón?

    Sus coloridos ruleros se camuflaban con los malvones de la ventana.

    —¡Pantuflaaaaaa! —escuché otra vez, y ya no pude levantar la cabeza.

    De sopetón lo vi dudar: no sabía si hacerse cargo del llamado o atrasar su momento del almuerzo. El veredicto me dio igual. Hui, con el cuello encogido y los puños apretados en los bolsillos. A lo lejos se carcajeó una urraca.

    Al alcanzar la esquina, choqué contra una pared de viento seco. Con la nariz helada lloré por aquel sol que (¡lo sabía!) no volvería a posarse en mi balcón.

    NATALIA DOÑATE

  • Siempre con elegancia

    Mis letras no constituyen arte, ¡qué más quisieran! Serán introspección, purga, acaso compañía. Unos renglones a destajo y el té desabrido se tiñe de café, mientras corren en torno a la mesa, ya desquiciadas, las horas paralíticas de la tarde.

    Escribo desde un espejismo de belleza cristalina, que se embarra con cada idea que dispara el precio del silencio y ofende al mundo al otro lado de la ventana. Dejé ir amistades en el deleite de un texto sincero; y es por culpa de éste que no consigo arrepentirme.

    El traqueteo de la casa en obra me invade hasta la desesperación. Protesta, de puro aburrimiento, el gato. Intuyo una pulsión de muerte en la belleza indiferente, pero igual la sigo buscando, engalanada en mis mejores formas. Al fin y al cabo, hacia idéntico final nos dirigimos todos.

    ¡Que sea con un mínimo de elegancia!

    NATALIA DOÑATE