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Para leer de corrido

Las manos se aferraron a la vida cual precintos de carne azul. Giró el mundo alrededor del volante. Una, dos, dos vueltas y media: casi tres días sin sus noches. La mente, anclada a un cerebro ateo y gelatinoso, se contentó con un sencillo vuelo de cabotaje.
Sobre el tramo de ruta vacía acampaba un espejismo de mar. El camión de arena, desbordado de culpa, se había vomitado una playita; brillaban como luces de pesquero las parrillas de una Ranger.
Decidió descender cuando las aspas de los helicópteros amenazaron con despeinarla. Lo hizo distraída, simulando una partida de Tetris con los techos de los coches.
“Es mentira que la sangre es dulce”, pensó. El óxido le amargó la boca como el ramo de flores al que se negaba a cambiar el agua. ¡Desde el jueves! Y entonces pudo ver, no sin cierta desolación, cómo aterrizaba un pétalo cetrino sobre la mesa de melanina.
NATALIA DOÑATE

Hoy, domingo, dormimos de más.
Lo olvidado y lo indecible pujan por salir del cajón de las fotografías. Lloran a los gritos, negocian sin cartas, fingen roncar. Nadie los socorre. Ante el horizonte plateado del lunes, las hormigas de las piernas se inquietan. Nos acalambramos, giramos, pataleamos. Juntos descendemos a las profundidades del somier, donde habitan los resortes que pretenden devorarnos.
Cierro los ojos y dejo que tu aliento me empañe el pecho, mientras los hongos forman constelaciones en las paredes. La falta de oxígeno me regala los sueños más vívidos. Para vos, en cambio, todo es negrura.
Duerme, corazón mío, envuelto en mis hilos de seda. Ojalá nos reencontremos, al otro lado del hastío, en las pupilas fijas de algún carancho.
NATALIA DOÑATE

Concebir una alfombra de hojas entretejidas, que sea bella y singular, es tarea fácil. Lo frustrante, aquello que termina por quebrar el alma de cualquier artesano, reside en la comparación con las semejantes; igual de irrepetibles y, no por ajenas, menos especiales.
―¿Es que no es única en su especie?
―¿Acaso no lo éramos todos?
Yo, que algo tengo de artista, encuentro gran placer en observarlas. Ingreso al museo por la “Sala del Sol” (sobrevalorada; aire acondicionado deficiente) y enseguida me enraizo en la siguiente, frente a la exposición de alfombras. Ellas se ruborizan por mi devoción mientras yo, mate en mano, lloro su suerte de tapiz.
¿Por qué las ubican en la pared y no en el suelo? ¿Qué niño sería capaz de desafiar a la gravedad para sentir el crujido ocre bajo los pies, la humedad subyacente, llevar a cabo la alquimia del papel picado?
Yo, que ya tengo en mi haber cuarenta y tres visitas a este museo ―con sus respectivos souvenirs―, que he fotografiado todos los matices inimaginables de cobre y dorado, todavía agradezco el privilegio de asistir. Con respiración contenida sacudo la pieza más nueva ―una belleza persa apolillada por un comentario mal intencionado― y la devuelvo a su hábitat, haciendo alarde de mi humanidad. Luego les dedico unas horas a sus hermanas caídas en desgracia: alfombras deshilachadas, carcomidas por el tiempo y las ratas o decoloradas por exceso de atenciones. Hay miradas que muerden.
Un roce en la nuca desata en mí una sucesión de escalofríos. El guardia de siempre ―años miles, blazer bordó, pupilas de brea flotando en un mar azul― ha dictado sentencia en mi oído:
“Hora de avanzar”.
La certeza de una sociedad de esculturas de mármol, fundada a fuerza de martillos y cinceles, me roba un hálito de ínfimos cristales; nubecilla creciente que anuncia la llegada de la era de hielo. Atravieso la puerta.
En días como este me consuela saber que, unos pasos más adelante, siempre doblando a la izquierda, se encuentra la “Sala de las Flores”; la favorita de los turistas. Pero no, no pienso dejarme seducir por su fragancia a jazmín. De momento, disfrutaré del encanto del vacío blanco, de la pureza de lo estéril. Después de todo, ¿quién me corre? Ninguno de los nosotros ―todos únicos en nuestra especie― sabe cuándo será su última visita al museo.
NATALIA DOÑATE

Desperté, a medias, en cada una de las horas que integraron la víspera. La pesadilla se las ingenió para seguir su curso sin perder el hilo; un hada risueña brincando con gracia sobre los vagones del tren noctámbulo. Hacia las cinco de la mañana comprendí, entre graznidos de gansos, que no había cometido pecado alguno, aunque, ¿podría considerarse tal al vandalismo a un vivero? ¿Al pisoteo infantil de las magníficas orquídeas? ¿Al derroche de litros de abono contra adoquines estériles, todo por la famélica ilusión de un vástago? En cualquier caso, soy inimputable: las cámaras de seguridad del sueño eran de baja definición.
Ahora, a las cuatro de la tarde (que también son las diez de la noche, donde realmente importa) soy consciente de aquello que perdí. Hay fracasos tan alevosos, completos y rotundos (PERFECTOS, ¡para qué negarlo!) que no pueden más que denominarse «aciertos».
¿Cómo es posible equivocarse tanto? ¿Acaso estuve luchando, con esperanza ciega y sorda, por unas frívolas flores de papel crepé, por un inútil metro cuadrado de alquitrán al que regar cada mañana?
NATALIA DOÑATE

Tu nombre es genérico como una etiqueta escolar. Fondo blanco, renglones azules. ¿Cuántos ostentarán el mismo, en este radio de diez cuadras, sin poseer la cualidad de invocarte?
Y tu apellido, grabado en piedra, ¡qué desgracia! Tan solo el preludio de otra biografía que soslayo con alevosía: un cartón de vino en medio del bosque, la raya del culo del plomero.
¿Y si te odio? ¿Y si te amo?
Prefiero entregarme a tus letras que empañan cristales, a las mentiras que cimentaron mi adultez, o a la bruma de una mañana sempiterna.
Me manejo por el mundo a los golpes, entrecerrando los ojos para robarte los bordes y los rasgos. Convertido en colorida mancha, me cruzás por la calle y no me saludás, ya que ignorás mi nombre.
(Y, aun así, me susurrás quién soy).
NATALIA DOÑATE

El roble añejo del vecino se desplomó contra el capó de su Volkswagen. La colisión no emitió sonido alguno, pero las balizas parpadearon azoradas hasta extinguirse. Junto a mis pies helados, cuatro huevos de gorrión me ofrendaron sus despojos de calcio y aire, mientras los neonatos del mundo silenciaban su llanto, erigidos en entusiastas embajadores de la era de la desidia. Sus primeras sonrisas todavía aguardan, con la templanza de la sabiduría pura, tras danzarinas cortinas de seda.
El único en rebelarse fue el mosquito tardío. Sus estrofas eléctricas resonaron en mi oído izquierdo antes de caer, con el peso del hielo, entre los obeliscos de césped azul. El invierno es un comienzo desprovisto de aplausos.
Hacia la hora tres del segmento de la tarde, mi monólogo se convirtió en un no-logo. Comprendí que ya no volvería a hablar:
ni hacia afuera,
ni hacia adentro,
ni mucho menos con la yema de los dedos.
Desde entonces, para mi pavor y consuelo, no ha ocurrido absolutamente nada.
NATALIA DOÑATE

Un puñado de garzas vuela en dirección al ocaso. Fascinada con sus barrigas redondas, pinceladas de rosa nube, procuro llenar la mía con lo que tengo a mano: restos de torta amarilleada en los bordes, tres fetas de queso, un café con leche.
El cuerpo pide más. Pienso en el cerebro y empiezo un libro que no me termina de gustar. Llamo a una puerta cerrada y, con un abrazo de mis hijos, el corazón se llena a tope, los pulmones recuerdan inflarse. ¿De dónde nace toda esta oscuridad? ¿Cuál es la esencia de la latencia eterna?
Descubro en Instagram una editorial nueva que tampoco acepta manuscritos.
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Al otro lado de la ventana, una estrella ancestral se ríe en la negrura, implacable ante mi estúpida humanidad que pugna por salir del barro.
NATALIA DOÑATE