BIENVENIDOS A MI BLOG, ¡ESPERO QUE LO DISFRUTEN! – NATI 🙂


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Para leer de corrido

  • Etérea

    Etérea

    El “DIN-DIN” de una bicicleta infantil, lanzado al aire con negligencia, le trastocó el corazón como un marcapasos telemonitorizado. Cuando el “Sí”, el “No” y todos sus matices perdieron gravidez, notó que a sus pies les daba por levitar. Desde la negra pantalla de la notebook, un renglón de información pura y dura le ofreció un ancla. Rezaba que, si bien traemos poco y nada al mundo, las neuronas y las células del cristalino nos acompañan de por vida.

    «¿Y de qué me sirve eso?» objetó, frustrada. «¡¿Si hoy veo diferente, si pienso diferente?!».

    Algunos objetos se sumaron a la rebelión: la billetera escupió con furia las monedas olvidadas (¡TIN-TIN-TIN!) que no alcanzaban ni para un puñado de caramelos. Un CU-CÚ de madera que casi compra en la costa salió a su encuentro cuando abrió la puerta de la heladera. Capituló el norte en el instante en el que la brújula del abuelo balbuceó su primer: “TIC-TAC”.

    TIC-TAC, TIC-TAC, TIC-TAC…

    ¡BOOM! La explosión se tragó las protestas de los gansos. Nevaron plumas hasta el amanecer.

    —Y ahora, ¿quién soy? —preguntó al nuevo Este de praderas blancas.

    Por toda respuesta recibió una sombra nueva (que la imitaba bien, sí, pero sin el menor atisbo de admiración).

    NATALIA DOÑATE

  • Sin puertas

    Sin puertas

    La contemplación perceptiva da ilusión de solidez a los textos inconclusos. En la lejanía pueden pasar por enciclopedias o ensayos, pero basta con unos pasos en la dirección correcta para apreciar las juntas vacías, los ladrillos flojos y algún que otro cable pelado.

    Como propietaria, aprecio toda muestra de cortesía: un piropo al jazmín de la galería, la palmadita de rigor a la curiosidad del gato.

    Mi casa de tiza amarilla colapsó en la sordera del olvido, en ninguna fecha en particular. Aproveché los escombros para rellenar un relato de desamor. Sigo en busca de una estructura que invite al lector a traer sus propios materiales. Ya la suerte me ha colado un río salado en el armario de las risas, un palacio de oro blanco donde pensaba instalar el cuartito de las herramientas. Pero siempre quiero más.

    Agradezco a Ariel por los productos de limpieza contra los gerundios de posteridad, a Jorge por las flores frescas de los domingos. A Jöiel con diéresis, «Sonrisas».

    A falta de puertas, ignoro quién se va sin saludar y juego a engañarme con que todos regresarán, tarde o temprano, con un tacho de pintura en cada mano, los bolsillos atiborrados de semillas exóticas.

    Arena, favor de abstenerse, que ya no queda un hueco en dónde meterla.

    NATALIA DOÑATE

  • TIC TAC TOC

    TIC TAC TOC

    Me enorgullezco de mi espacio en tu reloj, de la superficie diminuta en la que cabe un TIC y no un TAC.

    A falta de mérito real sobre tu persona, me atribuyo el robo de tres carcajadas y de algún que otro asombro de soslayo que fingí no notar. ¿Para qué complicarnos la existencia? Puedo duplicar al infinito la más ínfima muestra de cariño sin malvender mi amor propio; sortear cualquier desencuentro con una luz encendida y un puñado de migajas de pan.

    El día en que ya no estés, seguiré charlando con tu eco, como cabe esperar de una TOC.

    TOC…

    TOC…

    —¿Fui yo o fuiste vos?

    Me dirijo a la puerta con el corazón liviano. La exquisita ráfaga de otoño no me sorprende ni defrauda.

    NATALIA DOÑATE

  • Función trasnoche

    Función trasnoche

    Escribir por escribir es lo opuesto a suspirar.

    Indiferente a su destino marchaba el tren nocturno, segmentado en vagones a fuerza de intersticios. De las almas que albergaba, sólo una se aferraba a la vigilia, encarnada ésta en desgastada libretita azul.

    Letras y espacio, letras y espacio, letras y espacio. Letr…

    A mitad de camino se quedó sin tinta, lo que le resultó alarmante (escribir sin emociones se aproxima a la ventilación mecánica).

    El temido vacío, al que había asumido con voracidad de agujero negro, resultó ser una austera sala de cine. Esa noche proyectó una sucesión de anhelos incumplidos, recuerdos olvidados y charlas en loop. Finalmente, un codazo inhumano desconectó la pantalla. En la butaca de al lado, la mujer de camisa arrugada bostezaba con elocuencia.

    Con el amanecer se materializaron las primeras casas, un perro desamparado, el muro de piedra y basura que anuncia toda estación ferroviaria.

    Suspiró.

    (Se sintió como vivir).

    NATALIA DOÑATE

  • Claroscuro

    Claroscuro

    Bendito sea el éxodo de la tarde, las fachadas anaranjadas y los árboles de dos caras.

    El rosal y el malvón se disputan los vestigios de fucsia; brota un epílogo con sabor a lunes de la garganta de una calandria. Contra el cielorraso de rosadas nubes, pinceladas de amargura, una araña panzona se columpia en su hamaca de seda. Sus patitas de marioneta espástica, recortadas contra el vidrio, evocan un teatro de sombras concebido a la medida de mis ojos. A falta de moscas, le arrojo un beso liviano, de esos que se adhieren por estática al telón negro de la noche.

    Mi felicidad es inmensa; también lo es mi pesar. Bendita sea la palabra “melancolía”.

    Bendita sea nuestra fugacidad compartida.

    NATALIA DOÑATE

  • Luna llena

    Luna llena

    El dolor gravita hacia la herida abierta. Sube la marea.

    En una playa de sábanas arrugadas, en cuya orilla encallan, putrefactos, los sueños más ambiciosos, mi piel se curte hasta convertirse en un manto de arpillera. Chillan sus pliegues diminutos ante la rugosidad de la sal. De a momentos, cuando la paz del reflujo lo permite, pesco estrellas que, no por marinas, son menos fugaces.

    El sol regresa antes de lo pactado, como quien ha olvidado algo.

     —Te debo un día —reconoce al fin, culposo.

    —Una semana y contando —le corrijo sin malicia.

    Una luna trasnochada, casi menguante, permanece clavada en el horizonte; promesa de mareas bajas esbozada en tiza. Me aferro a su silueta pálida con la confianza febril con la que, de niña, me entregaba a las caricias sanadoras de mi madre.

    —Todo va a estar bien, ¿no, mamá?

    —Todo va a estar bien.

    NATALIA DOÑATE

  • La hominización del mono

    Dos días frente al televisor se asemejan a dormir. Me decanté por un sueño de Netflix que no comprendí del todo. La extracción de una muela de juicio, derivada en alveolitis, me arrastró a una era de sufrimiento prehistórico. Con la lanza enemiga atravesada en el tímpano, hice uso y abuso del «Ketorolac»; placebo primigenio cuyo uso desaconsejo.

    Ya enloquecida por la ausencia de mejora, acudí al alivio de lo simple. Retrocedí a la era de hielo, al agua salada del océano primordial.

    Hoy me encuentro con la uña del dedo gordo completamente mordisqueada. La carne fresca y escalonada, todavía tierna, pertenece a la bestia que no puedo matar. Y es que el dolor (todo tipo de dolor, queridos amigos) nos aleja de nosotros mismos, hasta el punto de no reconocernos. Pero aquí permanezco, atenta a cualquier indicio de reconciliación: una mejilla menos hinchada, una mente en blanco que escribe arrastrando los pies. La hominización del mono.

    ¿Optimismo? Llámenlo como gusten. Yo prefiero “fe en la humanidad”.

    NATALIA DOÑATE

  • Demasiado

    Demasiado

    «Demasiado» es, por naturaleza, una palabra negativa.

    El muñequito de torta, a imagen y semejanza del homenajeado, debía ser comestible. El entusiasmo por sus noventa y siete años (¡y ni siquiera usa bastón!) contagió a la pastelera de “La Europea” quien, tras arrojar un sincero “¡lo que sea por don Ángel!” se entregó al arte de alumbrar a mi abuelito de mazapán. Lo retiré el mismo domingo, minutos antes del evento. Los demás clientes, en su mayoría conocidos, me ofrecieron saltar la fila a cambio de un vistazo al figurín.

    “Le va a encantar” mintieron con deleite mientras lo magreaban con los ojos. Estaba demasiado bien hecho, demasiado realista, demasiado sincero. Lo entendí terríblemente tarde. 

    —¿Así me veo? —preguntó el abuelo ante la torta de dulce de leche y crema. Apenas le quedaron fuerzas para soplar las velas.

    “Así me ven” nos esquivó su mirada apaleada de huida al baño.

    Los espejos de la casa, embadurnados por sus lechosas cataratas, lo consolaron con una imagen familiar: de adulto mayor, sí, pero todavía joven. En vano procuró palparse la supuesta joroba.

    Volvió por los anteojos y esa fue la última vez que lo vimos.

    Desconozco a la persona que regresó por segunda vez y rechazó el postre. Se fue a dormir sin batirnos el café. Nadie tuvo el estómago para comerse al muñequito. Lo envolví en una servilleta de papel y desde entonces vive en mi cartera, a la espera de un veredicto.

    Al abuelo lo enterramos dos jueves después de su cumpleaños. Dicen que murió de viejo. Yo sé que lo matamos de viejo.

    NATALIA DOÑATE