El “DIN-DIN” de una bicicleta infantil, lanzado al aire con negligencia, le trastocó el corazón como un marcapasos telemonitorizado. Cuando el “Sí”, el “No” y todos sus matices perdieron gravidez, notó que a sus pies les daba por levitar. Desde la negra pantalla de la notebook, un renglón de información pura y dura le ofreció un ancla. Rezaba que, si bien traemos poco y nada al mundo, las neuronas y las células del cristalino nos acompañan de por vida.
«¿Y de qué me sirve eso?» objetó, frustrada. «¡¿Si hoy veo diferente, si pienso diferente?!».
Algunos objetos se sumaron a la rebelión: la billetera escupió con furia las monedas olvidadas (¡TIN-TIN-TIN!) que no alcanzaban ni para un puñado de caramelos. Un CU-CÚ de madera que casi compra en la costa salió a su encuentro cuando abrió la puerta de la heladera. Capituló el norte en el instante en el que la brújula del abuelo balbuceó su primer: “TIC-TAC”.
TIC-TAC, TIC-TAC, TIC-TAC…
¡BOOM! La explosión se tragó las protestas de los gansos. Nevaron plumas hasta el amanecer.
—Y ahora, ¿quién soy? —preguntó al nuevo Este de praderas blancas.
Por toda respuesta recibió una sombra nueva (que la imitaba bien, sí, pero sin el menor atisbo de admiración).
NATALIA DOÑATE








