Malgastás metafísica
en rellenar los agujeros;
ni que el emmental buscara excusas
para oler a queso.
Y ladeás la cabeza
entre fastidio y compromiso
cuando te saludan por la calle
los niños del vecino:
—¡Hola, hola!—
aunque te sepan incapaz
de hablar su idioma:
¡Mirá cómo estamos vivos!
Pero hacé un esfuerzo, te lo pido,
agitá esos brazos
al son del «¡Hola, hola!»
para que ellos, que aún llevan en el alma
esa sombra de la nada,
te crean converso
y se alejen aliviados,
comentando por lo bajo:
¡El viejo respira!
NATALIA DOÑATE


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