El camino es una hilera de pinos
cuyo aroma, traslocado,
revive al liquidámbar vecino,
hoy doblegado a coral.
De piedra Mar del Plata
brillaba mi primera casa.
¡Berberechos, a la arena!
pensé ante las palmas poceadas.
Tras la ventana enrejada
se invirtieron los sillones
(aunque todavía de seda);
sus apoyabrazos ajados
dispuestos a ser montados;
una mesa ratona y robusta
vestía la vajilla cara;
y el coral, en su base barnizada,
la chimenea coronaba.
Ni invitados, ni anfitriones.
Sólo una vela soplada
frente al espejo mural.
NATALIA DOÑATE


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